La indigestión informativa

Estamos transitando el camino de un nuevo modelo comunicacional. Las tecnologías y el efecto pospandemia, sin duda, han sido los grandes motores de los cambios. El tema social se ha vinculado con los rumbos tecnológicos y eso hay que considerarlo. La visión de este escrito es la de un tecnólogo de amplio recorrido y por ende cubre el tema orientado desde esa óptica.

La influencia tecnológica en los asuntos culturales no es un tema de reciente data. Desde tiempos muy remotos el ser humano ha buscado las herramientas que les faciliten las tareas para cubrir sus necesidades básicas y ganar tiempo para el esparcimiento. Una de las áreas en la que se ha hecho mayor empeño es en las comunicaciones. El hombre ha puesto mucho ahínco en vencer o mitigar los efectos de las distancias. De manera que, tradicionalmente las telecomunicaciones han liderado los cambios sociales.

A principio del siglo XX una carta podía tardar hasta dos meses desde un hogar en Europa a otro en América. Desde finales de la centuria de 1800 se combinaron los avances en la energía eléctrica, con de la aparición del telégrafo y luego el teléfono. Estos hitos marcaron una ruta para facilitar las comunicaciones. Desde los lejanos continentes la gente podía enterarse de noticias y sostener comunicaciones en tiempo real. La electricidad, las telecomunicaciones y las tecnologías de la información se combinaron en una trilogía fundamental de las sociedades modernas. Esta triada se ha consolidado como la plataforma del mundo de las conexiones.

En la actualidad se han derrumbado paradigmas y ha surgido el poder potencial para que cualquier persona pueda enviar un mensaje a las masas. Con ello ha nacido la ilusión de que todos tenemos acceso a ser escuchados.

Desde nuestros ancestros, nos empeñamos en dividir las sociedades por segmentos de acuerdo con: sus riquezas materiales, linaje, raza, religiones, niveles y preferencias culturales. Esas separaciones sirven de base para dar orientación y la dosificación de los mensajes. En estos tiempos, los medios de comunicación al menos los de recepción abundan y están al alcance de las mayorías. Ha brotado un nuevo paradigma; ha cambiado la forma como se generan las matrices de opinión.

Estamos ante una revolución social y no nos hemos percatado de los efectos de esta transformación. ¿Qué es lo diferente? ¿Cuáles son los indicadores de que estamos experimentando cambios profundos?

Lo diferente es que se han roto los modelos que gobernaban las comunicaciones humanas. Anteriormente, unas élites culturales dominaban las reglas y ejercían un control absoluto de los medios de comunicación. La prensa, la radio, la televisión, las editoriales y las disqueras estaban controladas por emporios económicos con acceso a costosas tecnologías. Con la aparición del Internet, del Internet de las cosas (IOT), los teléfonos de nueva generación, las tecnologías de Inteligencia Artificial y las redes sociales; el control se ha dispersado. En estos días, cualquier persona con un teléfono moderno y acceso a Internet es potencialmente un comunicador masivo.

Los indicadores que revelan que el mundo está cambiando son varios, la información y desinformación andan desenfrenadas. Abundan los canales privados de los más variados temas y contenidos. El dominio de otrora ha migrado al caos de ahora. De estos cambalaches se han forjado ventajas, han aparecido brechas y se han desenmascarados riesgos importantes.

¡Qué paradoja!, ahora la información está más accesible al común y al mismo tiempo nunca estuvo tan amenazada en su integridad, disponibilidad y confidencialidad. La flexibilidad en el manejo de la información por una parte genera mayor democratización de la cultura, pero también abre un boquete de posibilidades para los inescrupulosos.

Las amenazas a la Integridad de la información la comandan los ciberdelincuentes (hackers), estos son los perversos de la modernidad. Los malhechores han mutado del mundo físico al virtual, con los mismos fútiles motivos de siempre, pero valiéndose de métodos informáticos. Ahora ocurren secuestros de datos y de identidades de personas, con las extorsiones tradicionales de cobro por rescate. El libre acceso a los datos genera vacíos de controles de calidad y de integridad de los archivos. La información puede ser desfigurada con o sin intención. Los opinadores, algunos de oficio y otros sin oficio, suelen publicar barbaridades que pueden propagarse como ciertas. Los charlatanes y mediocres tienen ahora un auditorio para promover sus sandeces y sus oscuros intereses. El juicio experto de los profesionales y cultos compite con los promotores de mentiras y de algunos irresponsables influenciadores (como se han dado a llamar en las redes). Existen aplicaciones para la edición y manipulación de las imágenes y vídeos; algunas con aparentes intenciones jocosas, pero los inicuos designios no dan tregua. Nunca había sido tan fácil distorsionar los hechos.

Las tecnologías pueden ser herramientas poderosas, pero en las manos equivocadas se convierten en armas demoledoras. Seguimos anclados en los mismos males ancestrales. ¡Qué calamidad! El ser humano no aprende a vivir bajo los propósitos para los cuales fue concebido, por el amoroso Creador.

La carencia de valores y el no entender el sentido de la vida nos mantienen dando vueltas e inmersos en el infortunio. Ante estas amenazas, corresponde afinar el sano juicio, cultivar el sereno discernimiento y aplicar los filtros a la propagación de los mensajes. El reto consiste en saber elegir que compartir, que consumir y que desechar, para evitar las consecuencias de la indigestión informativa.

Cosme G. Rojas Díaz

4 de octubre de 2022

@cosmerojas3

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