De lo extraordinario a lo infraordinario

Que empeño el mío en buscar lo extraordinario en todo. Tomo conciencia de que ese afán me aleja de lo intangible y de lo cotidiano; pues me desconecta del aquí y del ahora.

Estoy escribiendo porque para mí es un hábito difícil de eludir. Me resulta abrumador apreciar que todo es tan dinámico, incierto e indescifrable. Donde vivo los pájaros cantan y revolotean, con especial energía durante el amanecer y al atardecer. El respirar es un acto automático y continuo, al cual pocas veces presto atención. Sin embargo, el que yo ignore los inexorables sucesos del entorno no los detiene. ¡Uy!, que alivio.

Cuando empiezo a escribir busco expresar las primeras ideas con la fuerza de un relámpago. Intento sacudir al lector, para que me preste atención y no se me aburra. Es decir, mis emociones y sentimientos me inclinan hacia lo extraordinario. Sin embargo, me doy cuenta de que hay eventos sigilosos a mis sentidos distraídos y que son de alto impacto. No todo lo que brilla es oro ni todo lo opaco carece de valor.

Mi narrativa se centra en sintonizar al lector con mi energía. Desarrollo el mensaje orientado a construir un inicio atrayente, un mensaje fluido y un final contundente. Lamento por los lectores que sólo esperan por los desenlaces felices. A mí también me gustan las fantasías, pero la vida es turbulenta e impredecible. Encuentro importante que el cierre sea coherente con el desarrollo y con las posibilidades de los imprevistos. Cuando el texto me lo permite me atrevo a recurrir a la sorpresa.

Golpeó las teclas del laptop y me intercambio con mi cuaderno, en el cual garabateo de manera libre. Si alguien me observara pensaría que estoy inmerso en un ambiente sereno, pero no es así. La algarabía no siempre está a la vista. Ni mi mente está tranquila ni las cosas que me rodean lo están. Dentro del ordenador ocurren complejas y fugaces interacciones para almacenar cada carácter y mostrado en la pantalla. Una y otra vez, ojeo el texto para corregir los errores. Mientras se detiene el flujo de mis dedos mi mente sigue maquinando. Inquieto como soy, busco en mi interior y en el exterior para atrapar las palabras precisas que me permitan dar sentido al contenido. Me refugio en mi cuaderno y descargo ideas y frases caóticas, a ver si encuentro el ritmo. Cuando me saturo me desconecto y me dedico a otras cosas, así me doy el tiempo para que se calme mi espíritu y se aclaren mis discernimientos. Medito, cuestiono lo escrito y a veces los desecho. Le doy una segunda, tercera y enésima lectura hasta que me digo: ¡Ya basta! Es la hora de desecharlos o compartirlos.

Que empeño el mío en jurungar lo que luce incuestionable, pareciera que algo me empuja a remover el avispero y retar lo “obvio”. No publico todo lo que se me ocurre y escribo; no lo hago hasta superar mis dudas de si aporta beneficio. Además, me esmero por dar sustancia y orden a lo compartido.

¡Ay, si el tiempo se detuviera o al menos bajara su implacable ritmo!, pero no lo hace ni lo hará jamás. El tiempo es implacable. Aunque no lo perciba estoy viajando a velocidades de vértigo. En la nave que moro puedo estar activo o quedarme ocioso durante todo el recorrido.

En la escuela me informaron mal, o al menos de manera incompleta. Me dijeron que la tierra y los demás planetas giraban alrededor del Sol y que la Luna se movía alrededor de la tierra. El asunto es más complicado. Resulta que el Sol se mueve en torno a la vía Láctea a una velocidad de 828.000 Kilómetros/hora y demora aproximadamente 225 millones de años en completar una vuelta. A ese periodo lo llaman un año galáctico. Así que la tierra, los demás planetas del sistema solar, sus satélites y asteroides andan persiguiendo al Sol en su trajinar por la galaxia. Entonces no se trata de un movimiento circular, sino de uno tipo espiral como el de un sacacorchos. La cuestión no para allí, las galaxias también se mueven y no precisamente al azar. ¡Que enredo! Mejor no ahondar más en este laberinto. No hay nada quieto en el universo, mientras aquí en este diminuto planeta anhelamos la tranquilidad; a esa que llamamos confort.

Lo extraordinario y lo infraordinario representan dos formas de abordar el entorno. Tan complejo como buscar los dos extremos a un círculo, así deambula mi mente. ¿Quién sabe dónde empiezan o dónde terminan? Tan cercanos o lejanos, según desde donde se les vea o de la ruta que se elija.

Resulta fascinante pensar en la vasta creación y más aún en el arquitecto detrás de esta magnífica obra. Somos conscientes de nuestra existencia y de los inescrutables secretos que la envuelven. Fuimos creados por el amor de Dios con una misión por descubrir y por cumplir.

¿Qué hacer durante el maravilloso viaje de la existencia? Podemos optar por la actitud del perezoso o la del hacendoso. He allí el dilema del libre albedrío, o como lo dirían los angloparlantes It´s up to you.

Cosme G. Rojas Díaz.

15 de enero de 2023

@cosmerojas3

P:D. Inspiración y referencia para este texto Obra de Georges Perec “Lo infraordinario”

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