Un viaje a través del tiempo

Discúlpeme, no sé cómo referirme a usted si como lector o cómo viajero. De cualquier manera, antes de iniciar, debo hacer un par de anuncios: esta nave se moverá a velocidades de vértigo; se desplazará en espacio y tiempo; y este vehículo no está dotado de puertas de emergencias. Dicho esto, abróchese el cinturón de seguridad que aquí vamos…

En medio de un mar bravío del día 12 de octubre de 1492, dónde todo es caos y desesperación; una rebelión está a punto de estallar. Rodrigo de Triana permanece observando con hastío al infinito mar. ¡De repente! Algo en lontananza atrajo su atención y desde sus entrañas gritó con furia:

—¡Tierraaaa…! —Ese alarido le salvó la vida al capitán de la expedición, a quien estaban a punto de linchar.

—¡Guao! —Exclamó Cristóbal Colón, cuando sus pies se posaron sobre piso firme.

No sé si, tal reacción, fue por la belleza observada o por valorar el aliento de la vida. Al borde de la arena clavó su bandera y se arrodilló para besar el suelo que le daba morada. Esa fue una aventura grabada en la historia. Transcurrieron dos meses y nueve días de navegación sin puerto a la vista, al límite del pesimismo y a punto de  perder todas las esperanzas. El rudo vaivén al que estuvieron sometidos había llegado a su fin y con ella terminaba la pesadilla de perecer en medio del azul infinito. Tanto los recién llegados como los residentes quedaron estupefactos al observarse los unos a los otros. Para los locales, los forasteros tenían un aspecto peculiar y parecían venir de otro mundo. Para los extranjeros fue una sorpresa mirar aquellos cuerpos semidesnudos.

Los exhaustos exploradores no tenían ni idea de adonde habían llegado. Entre los nativos y los ajenos prevalecían más los desencuentros que los encuentros. Se podía escuchar y hasta adivinar lo que hablaban los europeos:

—Estas hembras están como Eva en el paraíso —mientras las miraban con morbo.

Y en cuanto a los machos, se referían con desprecio:

—Estos majos con esos taparrabos parecen bestias. Nos tocará traer esclavos desde África para labrar estas tierras y explotar sus riquezas para la corona.

Dicen que nada es para siempre. Los nativos pronto se cansaron del dominio de las castas, de las humillaciones y del exterminio al que fueron sometidos. El rugido de libertad despertó desde las voces de los incipientes mártires. Desde el primer movimiento independentista de la conspiración de Gual y España surgió la semilla de la libertad. Estas revueltas engendraron grandes líderes como: Simón Bolívar, Francisco de Miranda, Antonio José de Sucre, José Antonio Páez, Francisco de Paula Santander, José Gervasio Artigas, José de San Martín, entre otros.

La independencia se alcanzó, con el alto costo de ríos de sangre. El precio de esta gesta es imponderable. Ocurrieron feroces batallas, cuerpo a cuerpo, durante dos décadas. Pueblos completos fueron arrasados o desplazados, como ocurrió con el hito del Paso de Los Andes: un éxodo épico. Barbaries escalofriantes, invasiones, estampidas, victorias, derrotas y un saldo de unos doscientos mil muertos; unos caídos en combate, otros atormentados por el hambre, el frío y por las consecuentes enfermedades.

Con Bolívar germinó y murió el sueño de crear una gran nación independiente en Sudamérica “La Gran Colombia”. Este proyecto terminó convertido en una quimera, hundida por las mezquindades del poder. Ese ideal, se desplomó dando paso a cinco países independientes. En esta travesía  seguiremos por los caminos desde la naciente Venezuela.

Surgió la desilusión y el cansancio de pobladores, ex combatientes y hasta de los líderes. Después de tanto sacrificio, sangre y lágrimas derramadas; muchos se preguntaban. ¿Valió la pena la libertad? ¿Estaba listo el pueblo, para asumir las responsabilidades?

En la naciente Venezuela reinaba el caos. En 1830 tomó el timón José Antonio Páez; a quien le correspondió poner el orden y  dar inicio a la historia republicana. Páez se convirtió en el  nuevo Amo del Valle, luego de desterrar a Bolívar. Transcurrieron algunos años de guerras domésticas promovidas por revoltosos descamisados por doquier, con la intención de adueñarse de la nación.

Avanzando, en la ruta del tiempo, nos tropezamos con Guzmán Blanco. Este referente personaje, se distinguía por su estilo afrancesado y de autócrata Ilustrado, venía con la intención de modernizar el país. Mantuvo el gobierno bajo su control directo por casi catorce años y por seis años adicionales a través de administraciones marionetas, mientras él se daba buena vida en París. Aún prevalece, en el centro de Caracas, la estela arquitectónica de este ilustrado gobernante.

Llegó la era de los gochos. Desde la región andina,  se instalaron en el poder por un largo tiempo. Entre 1908 y 1935 gobernó Juan Vicente Gómez y arrasó con el caudillismo, el cual generaba anarquía e inestabilidad. Persiguió uno a uno a cada jefecillo hasta derrotarlos. La transición, después de su muerte, fue liderada por los generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita. En Caracas y Maracay se respiraban aires de progreso, la gente vestía con prestancia. Los escasos vehículos del momento se mezclaban con las carrozas arrastradas por elegantes caballos.

Al país le esperaban grandes avances, en lo político, social y económico. El relevo de estos promisorios líderes lucía seguro, en las manos de Diógenes Escalante. Este personaje, era un destacado diplomático, quien contaba con elevado prestigio en todos los sectores nacionales. Era el hombre del consenso para sustituir a Medina. Se lo trajeron desde Washington, donde ejercía como embajador de Venezuela para ocupar la presidencia de la nación. Ya estaba listo el tema de la sucesión en el gobierno; pero el 3 de septiembre de 1945, Escalante, no se presentó a una cita con el presidente Medina Angarita, porque se le volaron los tapones y quedó más loco que una cabra. Ramón José Velásquez, el secretario del presidente Medina, lo fue a buscar al hotel Ávila donde se hospedaba pero lo encontró hablando incoherencias.

Este viajero del tiempo, se atreve a inferir que el país también se volvió loco después de este acontecimiento. Ocurrieron los siguientes eventos: el golpe de estado de 1945, el trienio adeco presidido por Rómulo Betancourt, el brevísimo periodo democrático de Rómulo Gallegos, el magnicidio de Carlos Delgado Chalbaud y luego la dictadura de Marcos Pérez Jimenez, la cual cayó el 23 de enero de 1958.

En 1958 el gobierno de transición de Wolfang Larrazábal, dio paso a la era democrática con un Rómulo Betancourt más curtido en la arena política marcando el rumbo. Este lapso duró cuarenta años ininterrumpidos, de 1958 hasta 1998. En estas cuatro décadas se encuentra el periodo más sobresaliente de este recorrido; en el cual, esta tierra, alcanzó su máximo crecimiento y bienestar. Se creó la ilusión de que el país había logrado la madurez democrática y que las dictaduras eran temas superados. “craso error”, que se develó con el transcurrir de este viaje…

En este recorrido me tropecé con la obra de Francisco Herrera Luque, quien describió, en uno de sus libros, a “Los cuatro reyes de la baraja”: en las figuras de Páez, Guzmán, Gómez y Betancourt. Con esta representación el escritor y psiquiatra definió los personajes más influyentes en la era republicana. Los hitos marcados por cada uno de ellos dan testimonio de sus huellas.

El trayecto desde las décadas de los cincuenta hasta los ochenta es de desarrollo económico, social cultural y de infraestructura. Grandes construcciones y enérgicos avances en materia de educación, salud y bienestar.  Leer los titulares de la prensa de las décadas de 1960, 1970 y 1980 es rememorar excelentes noticias para el país. Se anunciaban los descubrimientos de inmensos yacimientos petrolíferos, y la construcción de obras de la envergadura como la represa de Gurí, el puente sobre el lago de Maracaibo. El estado Zulia tenía una evolución galopante; en el sur se levantaba un gigantesco complejo minero, industrial y generador de energía eléctrica capaz de cubrir el setenta por ciento de la demanda nacional; en la ciudad capital se desarrollaban complejas redes viales, el metro, el pulpo, la araña, el ciempiés (son los nombres de las enmarañadas superautopistas de la metrópoli).

Sin lugar a dudas, los ojos de toda Latinoamérica se fijaban en el frenesí del progreso de Venezuela. En la década de los sesenta el comunismo amenazaba con extenderse desde Cuba a toda Latinoamérica. El 8 de mayo del año 1967, las tropas de Fidel Castro irrumpieron en Machurucuto (playas del oriente de Venezuela) y fueron derrotadas por el ejército venezolano. Los intentos de penetración de esa ideología continuaron de diversas formas y a la sombra.

Llegado a este punto, este paseo tiene un saldo ventajoso. Hasta que aparece un hito del mal agüero en el andar: el viernes negro del 13 de febrero 1983. Con la súbita devaluación del Bolívar; la otrora robusta moneda local comienza la decadencia económica, moral y política de esta tierra. Aparecen caras largas en las muchedumbres. El ambiente se enrareció, la gente se quejaba por la pérdida de calidad de vida. ¿Se acabarían los viajes a Miami, España, Portugal e Italia? Se escuchaban los aullidos de los charlatanes y de esos que creen leer el futuro: los profetas del desastre. La escena la ocuparon los autos nominados “Notables” quienes, con sus análisis, provocaron una avalancha de frustraciones en la ciudadanía.

Las circunstancias eran propicias, para dar inicio a la era de la debacle. Hizo su debut el llanero vengador, el paladín de la justicia, el oportunista “caza güire”: damas y caballeros apareció Hugo Chávez. Debutó en escena con un golpe de estado y luego pasó a ser considerado una víctima. Los inocentes creían que no se podía estar peor y que con él tendríamos nuestro Robín Hood endógeno. La nación aún disponía de inmensas reservas materiales e intelectuales como para salir adelante, pero la tentación del atajo inclinó la balanza hacia lo irracional.

Este “Quijote tropical”, llegó en campaña electoral ofreciendo freír cabezas y anunciando la destrucción de la corrupción y de los corruptos en  la nación mejor posicionada en Latinoamérica. Lo que logró fue una catástrofe y a la vista está su legado. Aquí dicen que él era como el Covid 19 y su sucesor la nueva cepa de esta peste que ha azotado a estas tierras. Los hermanos Castro, se frotaban las manos. Estaban alcanzando el objetivo que se habían planteado con el asalto a las costas de Machurucuto en 1967. Esta vez entraban por la puerta grande, sin disparar un tiro, con alfombra roja rojita incluida y con proyecciones para brincar al otro lado del Atlántico. El proyecto comunista se podría convertir en una franquicia intercontinental.

Hemos recorrido esta tierra bravía y mancillada, con su exuberante geografía, llena de gente alegre, amigable, igualitaria y resiliente. Hemos visto a un pueblo cándido transitar de la colonia a la libertad, de lo aldeano a lo cosmopolita, de la abundancia a la miseria, de la hospitalidad al éxodo despavorido, de la alegría a la desesperación y a la muerte. ¿Qué nos depara el futuro?…

De aquel territorio de gente dicharachera sólo quedan pobladores con trajes harapientos, de andar lento y con las miradas pérdidas en un horizonte incierto. La congoja y la indolencia se posan, como una nube imaginaria, sobre las cabezas de los ciudadanos.

 ¡Qué calamidad! En este otrora territorio abundante y generoso para propios y extraños, hoy algunos perecen en los caminos de la escapada. Muchedumbres que huyen ligeras de equipajes, dejando las suelas de sus zapatos en asfaltos foráneos y sembrados sus corazones en la tierra que les dio cobijo.

¡Qué dolor! A muchos, de los nuestros, les ha tocado experimentar el martirio de Bolívar: morir proscritos de su terruño, de sus amores y de sus costumbres. La OEA advierte que el número de refugiados y migrantes venezolanos podría ascender a 7 millones en 2021, ya para finales de agosto la cifra ascendió a más de 6 millones. Y la tendencia no parece revertirse en el corto plazo.

Usted, apreciado lector, que me ha acompañado en esta fugaz travesía; estará de acuerdo que a estas alturas del viaje se ve un país navegando sin rumbo y desesperado, mientras anhela a un nuevo Rodrigo de Triana que grite puerto a la vista y por un renovado Colón que ponga los pies en tierra estable y la bese con alivio. La embarcación está, como en el principio del recorrido, justo en el medio de quién sabe dónde y al borde del colapso de sus tripulantes. Por cierto si yo fuera el capitán de esta nave a la deriva estaría aterrorizado por mi destino. Hemos transitado, a través de este relato, cerca de 600 años y más de 5000 millas; con la esperanza de descubrir las profundas huellas de sufrimiento de un pueblo. Y deseando que por alguna vez, no se cumpla el odioso adagio “nadie aprende en cabeza ajena”.

Tomado de mi libro «Despertares», puedes recorrer una muestra de sus páginas a través de la sesión Mis libros de este blog

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