Reflejos de Padre

Al voltear lo vi en el aire, estiré mi mano derecha y lo tomé por la franela: justo a tiempo. Su cuerpo encorvado se detuvo a unos centímetros del suelo, sus cabellos alcanzaron tocar la tierra, mientras su frente, manos y rodillas se salvaron de lo que hubiera sido un duro trancazo. Nadie se dio cuenta del repentino incidente, a pesar de que la fiesta campestre estaba muy concurrida. Unos instantes después, mi esposa nos miró de manera acuciosa. Ella sospechó de aquella mirada cómplice, entre el pequeño y yo, enseguida del abortado accidente. Como nunca deja pasar una, pregunto:

—¿Qué pasa?

—¡Nada!, —respondimos mi pequeño y yo.

Ella sólo atinó a gemir su sonido preferido, cuando no está satisfecha con una respuesta:

—¡Hum!…

Una tarde fresca, jugábamos béisbol en el parque y mi primogénito bateó una fuerte línea que iba directo a la cabeza de mi pequeña niña. Me anticipé y visualicé, en cámara lenta, lo que pudo haber sido un duro golpe, contra su carita. Aquel golpe le rompería su pequeña nariz. En mi mente vi brotar la escandalosa sangre y pude sentir el dolor infringido. En esos instantes, en que el tiempo parece detenerse, las vísceras siguen funcionando. Ella aún mantenía su pequeño guante a la altura de la cintura; estiré mi mano e intercepté la pelota a escasos centímetros de su cara.

Ella me gritó:

—Pero papá, ¿Por qué me la quitaste? Si ya casi la agarraba.

En esa ocasión no me salvé del sermón de mi esposa:

—¡Estás loco! ¿Cómo expones a la niña a los peligros de ese juego tan rudo?

Y, por ese día, el juego se terminó.

En otra ocasión, estábamos disfrutando de unos días, en la paradisiaca isla de Margarita, en Venezuela. La más pequeña de mis descendientes aprendía a andar sobre los patines. Yo estaba listo para entrar en acción, pues sabía que en cualquier momento iría al suelo. Se lanzó por una rampa, tropezó y salió disparada; mientras yo que corría a su lado extendí ambos brazos y la atrapé en pleno vuelo. Caímos con suavidad, sobre el piso, sin dolores que lamentar. Ella inocente del peligro grito de júbilo:

—¡Yupi! ¡Qué fino!

Dicen que los padres estamos dotados de instintos siempre listos, para ser accionados por un misterioso resorte. Sin embargo, cuando los hijos crecen ya no funcionan los reflejos mecánicos; en su lugar aparecen los consejos, los cuales casi nadie escucha.

Ante cada peligro, se siente que el corazón brinca como queriendo salir del pecho y eso nos mueve al instante. El instinto se dispara cuando algo no está bien. En toda ocasión valoro, escucho y atiendo a mis reflejos. Como padre siempre estoy atento a la llamada de auxilio del hijo; porque:

“Un buen padre vale por cien maestros”. Jean Jaques Rosseau.

Tomado de mi libro «Relatos cortos del camino»

Cosme G. Rojas Díaz

@cosmerojas3

19 de junio de 2022

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