Comunicaciones humanas

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Como seres humanos tenemos la imperiosa necesidad de comunicarnos. Y lo hacemos de diversas formas; algunas ágiles, efectivas, honestas, directas y otras veces de manera complicadas, inadecuadas o con objetivos ocultos. Las comunicaciones virtuosas y exitosas construyen ambientes de armonía; mientras las comunicaciones mal intencionadas, deficientes o inadecuadas propician el caos y los resentimientos.

Es preciso conocer las fortalezas y las debilidades de los canales de comunicación para, en lo posible, elegir el más adecuado o mitigar las limitaciones del medio seleccionado. En las auténticas urgencias el mensaje se debe emitir de manera expedita a riesgo de que resulte precipitado; pues es preferible pasar un mal rato que sufrir las secuelas de un accidente.

Los mensajes se generan desde la racionalidad o desde la emocionalidad. Si realmente queremos notificar algo, debemos entender que nuestras percepciones son incompletas o sesgadas. Si escucháramos sin prejuicios, tendríamos grandes oportunidades de captar diversas perspectivas y con ellas mayores probabilidades de éxito en nuestros propósitos.

Los paradigmas marcan la referencia de cómo valoramos las situaciones cotidianas. Si alguien nos grita lo etiquetamos de violento, pero quizá un bramido oportuno nos podría salvar la vida. De hecho, Una alarma debería sonar más fuerte de acuerdo a la criticidad del evento. Veamos los efectos del procesamiento de un mensaje, bajo la lupa de un paradigma clásico: “Un hombre conducía por una vía sigilosa y estrecha; de repente se consiguió con otro vehículo de frente que casi lo impacta. Manejaba una dama quien le gritó ¡Cerdo!, él de manera inmediata le replicó y tú Vaca;  al salir de la curva su carro impactó contra un Cerdo”. El modelo de quien me grita me ofende, en este caso, resultó errado y el aullido era una advertencia desesperada que no logró cumplir con su misión y dejó consecuencias lamentables.

No está claro si somos seres racionales con emociones o seres emocionales que razonamos; pero si es cierto que podemos tomar el gobierno sobre ambos atributos. Los estados de ánimo marcan al mensaje, a la selección de las palabras, las secuencias y el tono de las mismas y también a aquellos piquetes que no se dicen expresamente pero que se transmiten. Cuerpo, mente y espíritu actúan como un sistema interconectado. El lenguaje corporal es elocuente y expresa más que las palabras. Por eso es tan importante  examinarse antes de comunicar.  Aquí toma sentido práctico aquel adagio romano de que “La mujer del César no sólo tiene que serlo sino parecerlo”.

Adoptar una buena postura es importante en la confección de cualquier comunicación, sea  esta verbal, presencial a través de la distancia o escrita. Es muy difícil transmitir alegría si no se está alegre y el cuerpo ha de saberlo. William James, uno de los grandes psicólogos y filósofos de Estados Unidos, sentenció: “El pájaro no canta porque es feliz, es feliz porque canta». Este pensamiento es una excelente noticia, pues implica que podemos gobernar sobre nuestros estados anímicos. En consecuencia, si se quiere reflexionar resultará de efectiva ayuda adoptar la postura del pensador. Un error muy común es no dar crédito a la comunicación con el ser interno, desde donde fluye la energía que da vida al mensaje.

Los canales de comunicación básicos son el hablado y el escrito y el lenguaje corporal está presente en ambos medios.

El lenguaje oral es el más natural y el de mayor propagación, este va en armonía y exposición con el lenguaje anatómico. Cuando se habla además de cuidar las palabras se debe tomar en cuenta otros recursos; tales como el tono, las pausas y la retroalimentación del contacto visual.  Hay una creencia popular según el cual “las palabras se las lleva el viento”,  y esto es falso; con el verbo se alimenta o se destruye una relación. Las frases pueden resultar inspiradoras, lapidarias, o indelebles en la mente y el espíritu de una persona.

El mensaje escrito exige un mayor nivel de compromiso, precisión y brinda un tiempo adicional para reflexionar, ordenar las ideas y entonar los sentimientos. El lector puede experimentar sensaciones y construir sus opiniones con base al texto y a sus propias experiencias; su cerebro se encargará de llenar los vacíos de la ausencia de interactividad. El lector puede percibir o imaginar el estado de ánimo del escritor, aunque este crea que se puede esconder detrás de las letras. Quien escribe debe explotar sus recursos, aprovechar que cada palabra puede ser macerada y disponer del poder para crear el ambiente de manera textual. La comunicación escrita puede considerarse unidireccional. Al escribir debemos ubicarnos en el rol de los lectores y lograr dar claridad a las ideas. Las ambigüedades pueden tener múltiples interpretaciones. El uso del lenguaje tiene sus consecuencias, para bien o para mal, y si se deja por escrito la huella es verificable y por ende de mayor impacto. Poncio Pilatos lo dijo así: “Lo escrito, escrito está”. Y Sigmund Freud lo dijo de esta manera: “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”; podríamos parafrasear agregando a esta certera frase… y susceptible de ser llevado a una corte por lo que se escribe.

Cuando se piensa en comunicación se relaciona con tres elementos básicos emisor, medio y receptor. Este es el modelo básico, en la vida real los escenarios suelen ser más complejos; pues en la dinámica cotidiana y las redes de comunicación involucran varios emisores, medios y receptores.

Analizando un intercambio simple que se da en una conversación directa de persona a persona, quienes hablan el mismo idioma, tocan un tema del dominio de ambos y tienen interés de expresarse. En este caso el riesgo de distorsión del mensaje luce que se encuentra en mínimo riesgo. Sin embargo no todos somos iguales y cada quien tiene un mundo interno desde donde genera y procesa la información. Lo que uno dice no es exactamente igual a lo que el otro interpreta. Es decir aún en este escenario utópico es preciso entender y aceptar que la comunicación perfecta no existe. Es preciso comprender que tenemos mucho en común, pero por fortuna no somos idénticos. La buena noticia es que la diversidad nos da horizontes para crecer.

Podemos lograr nuestro propósito de comunicarnos, si nos enfocamos en respetar la regla de oro, la cual se dice muy fácil: “Tratar al otro como se quiere ser tratado”

Cosme G Rojas Díaz

13 de junio de 2021

@cosmerojas3

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