Honestidad y Acción

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Toda acción es motivada por un pensamiento o por un sentimiento. El pensar de manera correcta y con sentimientos generosos conduce a acciones puras. En otras palabras, la honestidad es una virtud signada por la rectitud del ánimo e integridad en el obrar. Quien es honesto es diligente, humilde, prudente y justo. El honrado opina y toma decisiones con cuidadosa ponderación y consciente de las responsabilidades derivadas. No hay nada gratis, la honestidad comienza por tener la disposición y determinación para agregar valor.

La tolerancia, la honradez y el carácter; son tres conceptos diferentes, pero no excluyentes. La tolerancia tiene que ver con el respeto a otras personas, a sus ideas, percepciones, circunstancias y paradigmas. El carácter se define como la manera en que se reacciona habitualmente ante una situación. Muchos asocian el carácter con el ser altanero y brabucón, esto es una mala concepción. Mi padre, por ejemplo, tenía un carácter áspero y lo consideraba de carácter fuerte porque era consistente en esa forma de ser. A veces pensaba que era más prominente su terquedad que su carácter. Mi madre al contrario era conciliadora, con gran habilidad persuasiva; a ella también la definía de carácter fuerte, por lo estable. Con el tiempo me convencí de que el carácter de mi madre era más fuerte que el de mi padre. Porque su modo de vida resultó más influyente, de mayor impacto y alcance.

La honestidad y la transparencia están asociadas, pero no son sinónimos. Si valoramos que son exactamente lo mismo, nos sentimos autorizados para exigir explicaciones de todo. Con el derecho, casi sagrado, de estar enterados de los detalles y acreditados para aprobar los pormenores. Esto sucede en cualquier ámbito social y conduce a uno de los grandes obstáculos para lograr la gobernabilidad. La transparencia absoluta puede resultar torpe y en algunos casos contraria a la celeridad. Quien dirige requiere y debe contar con un espacio de confianza. De manera que; la transparencia debe ser subordinada a la prudencia, a la confidencia, a la estrategia y a la diligencia. Transparencia sin juicio se transforma en ingenuidad. Jamás se puede ser transparente con el enemigo; este se las arregla para camuflarse y para asegurarse ubicuidad. Piense mal de su enemigo y su imaginación se quedará corta.

Claro no se puede obviar la trampa de que lo urgente termina por ahogar a lo importante. El arte de enredar las cosas se fundamenta en manipular los límites entre lo inaplazable y lo fundamental. Dicho así, se debe dar mayor peso en la transparencia en lo importante y en lo esencial que en la de lo urgente. A veces toca ajustar la ruta, pero no la meta.

La guerra es un término extremo, asociado al exterminio,  radicalmente opuesto al civismo y a la armonía. Sin embargo es una realidad que resulta ineludible, es que hasta dentro de nuestro organismo se libran guerras para mantenernos con vida. La política utiliza las mismas estrategias y filosofía de la guerra; pero mitigando el alcance y los componentes dantescos que la hacen tan aborrecible. Tanto en guerra como el política, de lo que se trata es de elaborar y ejecutar complejos planes de rigurosos cálculos dinámicos y con genial instinto, para dirigir a las masas. Lo más difícil es separar lo importante de lo superfluo y descifrar las artimañas del mal. Se debe mantener la mente alerta y despierta, sin caer en la paranoia. Es preciso visualizar la meta con espíritu optimista; mente analítica en el plan, cautela en la ejecución, anticipar los obstáculos, nunca asumir condiciones ideales y ser agiles en las respuestas. Se dice que la política constituye una de las ramas de las ciencias humanas o sociales. Se describe la ciencia militar como la ciencia de la guerra. Sólo encuentro un lugar donde ubicar a la ciencia militar y es bajo las ciencias humanas o sociales. Confieso que esto me suena a disparate. ¿Pero dónde más se le puede alojar?

De acuerdo a Klaus von Clausewitz (1780-1831) «La guerra es la continuación de la política por otros medios»…; resulta curioso que este pensamiento sea igual de lógico si se hace un enroque, en la frase, con las palabras guerra y política..

Las grandes conquistas se gestan con objetivos claros, tenacidad, disciplina, esfuerzo y continuo aprendizaje de los errores. En otras palabras se logran con carácter. Una pregunta fundamental ante cualquier desafió debe ser: ¿Qué pasa si lo logramos? ¿Cómo administrar el triunfo? Si el sueño fuese alcanzar la libertad la pregunta siguiente sería ¿Estaremos preparados para vivir en libertad? Y si la respuesta es negativa y aun así se valora importante, entonces corresponde indagar: ¿Cuál ha de ser el próximo reto o la próxima fase? La historia enseña que algunos triunfos se convirtieron en fracasos o en resultados distintos a los esperados.

En las contiendas a veces olvidamos que no estamos solos en el tablero: Hay que considerar que “los rusos también juegan”, para acertar y para errar. En ese juego el contendor tiene sus restricciones y sus batallas internas; por ende también se equivoca. Resulta ventajoso considerar que al enemigo no se le debe interrumpir cuando está errando. No se debe perder el foco en reconocer quien es el contrario. Lo sensato es sostener una batalla a la vez, si hay varios enemigos habrá que disponer de tantos generales como batallas se libre y mantener la jerarquía. No conviene dedicar energías y  tiempo a cada perro que ladre en el camino.

Alcanzar cualquier sueño exige gobernar las pasiones, bien sean que estén sustentadas en la intelectualidad o en la emocionalidad. Se dice que lo bueno es enemigo de lo perfecto y, esta expresión, cobra mayor pertinencia en la política. Las camorras, como lo es todo o nada, sólo sirven para desperdiciar las energías y llevan al fracaso. Los resultados incluyen derrotas, retrocesos, avances y victorias, las cuales no se deben subestimar ni sobreestimar. Resulta complejo manejar la incertidumbre; en especial cuando toca aceptar las frustraciones, rehacer los planes, evaluar las lecciones aprendidas y trazar nuevas rutas. En estas circunstancias la tentación de claudicar surge como una amenaza, y crece cuando los descalabros se hacen frecuentes. Aceptar cambios de planes genera infortunio y la sensación de andar sin rumbo. La historia está llena de esos episodios, de los cuales deberíamos tener lecciones aprendidas. El libro “el Éxodo de la Biblia”, abunda en enseñanzas sobre este tema.

Mientras todo marcha según los planes es fácil permanecer unidos y eufóricos. En las dificultades germinan los desacuerdos y crece la cizaña. El titubeo puede acarrear el caos, la pérdida de foco, las agresiones intestinas y la consecuente desintegración. Ese es el tipo de victoria ideal para cualquier enemigo, pues la obtiene a costo cero. Los profetas del mal agüero hinchan sus pulmones con sus aciagas expresiones: yo lo dije, es que no me prestaron atención y allí están las consecuencias y pare usted de contar… Los desatinos a veces se enmarañan con idealismos eruditos o morales. Estos apegos exacerbados al pudor y hasta la razón, a veces resultan paralizantes o pocos prácticos, al no responder al entorno y al momento. Es precisamente en las complicaciones cuando se requiere del liderazgo, con carácter; para mantener el propósito, la dirección y el orden. Los líderes también fallan y a veces requieren reponer energías o ser reemplazados temporal o definitivamente. Deberíamos imitar el ejemplo del volar de las gaviotas.

En tiempos de crisis las críticas se deben formular y asumir con responsabilidad y con compromiso. No es honesto exigir o esperar que otros resuelvan por mí o sentir que ya hice lo que me correspondía.

La honestidad ha de ser hija del amor para que las acciones estén orientadas en la búsqueda de la paz.

Cosme Rojas
7 de febrero de 2021
@cosmerojas3

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