El exigente oficio de escribir

Escribir es un arte riguroso e inclemente. Cuando me propongo a dar rienda suelta a la pluma, me invade una implacable inquietud por ser claro y fiel a lo percibido. Las palabras circundan por mi mente a gran velocidad y me cuesta filtrar las adecuadas. El viaje, desde el papel en blanco hasta la liberación del escrito, es digno de ser contado y ese es la intención de estas líneas.

Una tema repleto de sensaciones me atrapa e intuyo la existencia de un tesoro. Oculto dentro del capullo de una borrosa percepción late un encargo ávido por cobrar libertad. Me estremece la curiosidad por descubrir el esplendor, la fuerza y el propósito que envuelve al misterioso mensaje.

La tarea comienza por escuchar las interrogantes que retumban en mi cráneo: ¿Cómo reproducir el efecto capturado por mis sentidos? ¿Cómo representar esas experiencias, para que otros la perciban? ¿Cómo definir un sabor? Puedo clasificarlos como agrio, dulce, salado, amargo; ¿Resultará suficiente? Muchas veces, las palabras se me quedan cortas. ¿Cómo describir y transmitir la sensación del proceso químico emocional, capturado por el paladar?…

Así de intenso me resulta cada experiencia al garabatear. Me toma tiempo establecer el orden y la precisión. En ocasiones la prosa fluye a mi cabeza a la velocidad de los dictados del corazón y me cuesta seguirle el ritmo. Cuando eso me ocurre no me detengo en los detalles, para no entorpecer a la arrolladora energía; pues las ideas y las alucinaciones son volátiles. A los primeros borradores les doy varias revisiones y ajustes, hasta que me siento satisfecho con el contenido y su estructura.

Allí no termina la tarea. Luego me detengo a reconocer la armonía con la que me estoy expresando. ¿Suena raro?, pues si la redacción no tiene ritmo pierde poder de persuasión. La fascinación es la guinda del arte. En el lector recae la faena de procesar las memorias que reposan en el papel, para obtener un determinado efecto. Sí la lectura no provoca una reacción habrá sido un esfuerzo inútil.

En definitiva cada reto de escribir me resulta único. No me detengo a pensar en lo ya hecho, sino en lo que me propongo hacer. Miro al papel en blanco y me da una puntada en el estómago. Me amenaza el desasosiego y persuasivos chantajes me invitan a desviar la vista del foco. A veces logró posponer la labor, pero eso me causa irritación. Esa es la forma como, en mi caso, transcurre el ritual de la escritura. Lo asemejo a una especie de montaña rusa, con elevados momentos de inspiración y el pavor por lo que se avecina al llegar al tope. Mientras las imágenes no dejan de presionarme para escapar de mi mente y de mi espíritu. Esto ha sido una lucha a través de mi vida y por muchos años conseguí evadir estas responsabilidades. El escribir me confronta con mis miedos, alegrías y dolores; y me ha enseñado que ignorar el mandato no me brinda alivio duradero. El confort es una placida morada para el descanso, la reflexión y para reponer energías. Es justo y conveniente disfrutar de lo alcanzado, pero es limitante y peligroso dormir sobre los laureles. Lo que deja de crecer comienza a fenecer. Mi opción es la de trabajar en nuevos desafíos y canalizar mis frenesíes por comunicarme.

Con la intención de ser más gráfico, en cuanto a lo expresado. Les comparto estas improvisadas líneas:  

“Aquí estoy otra vez, frente a ti, sin saber que hacer contigo, sin entender tus pretensiones. Me pregunto ¿Por qué no me permites regocijarme en el ocio? ¿Por qué me acechas con tanta firmeza? ¿Cuántos minutos de mi tiempo debo dedicar a entender a dónde me llevas? ¡Oh papel en banco! ¿Por qué me das tanta riña?…”

Así me ocurren las divagancias previas a cualquier comunicación. Nada me sobreviene hasta dar la debida atención a estas interrogantes.

Al final, del ejercicio exhalo alivio. No puede ser de otra forma, el escritor deja un pedazo de su ser con cada entrega.

Resulta ineludible cuidar las palabras; porque escribir es un acto transformador: transforma al escritor y transforma al lector.

“En la abundancia de palabras no deja de haber transgresión, pero el que tiene refrenados sus labios está actuando discretamente.” (Proverbios 10:19.)

Cosme G. Rojas Díaz

@cosmerojas3

12 de diciembre de 2020

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