Tiempos de pandemia

Esta palabra proviene de griego antiguo pan («todo») y demos («pueblo»). La epidemia se diferencia de la pandemia porque la primera se trata de una enfermedad que se presenta con frecuencia inusual dentro de un determinado país y durante un período de tiempo. Mientras, una pandemia es una epidemia que se propaga más allá de las fronteras de un determinado país, o incluso de un continente. De manera que cuando hablamos de pandemia nos referimos a una afectación de alcance mundial, por lo cual se hace muy complejo su control en el tiempo.

Debido a estas razones una pandemia, además de sus efectos directos sobre la salud y la vida, tiene implicaciones secundarias y cuyo impacto puede ser más devastadoras que sus consecuencias directas. Podríamos mencionar tres factores colaterales derivados de la causa raíz del problema: el pánico, el factor político y el económico. Analicemos cada  una de estas ramificaciones derivadas:

Comencemos por el pánico. El miedo puede ser un aliado o un enemigo ante una situación emergente. De hecho nuestras emociones deberían ser siempre motores para asegurarnos una vida segura y placentera. El temor nos puede poner en alerta y anticiparnos ante un eventual peligro,  pero si se sale de nuestro control termina por complicar y distorsionar el objetivo de la alarma. El terror mal administrado nos debilita, bloquea el razonamiento, en algunos casos paraliza, puede conducir al desorden y a consecuentes errores. Por esta razón aunque haya motivos para alarmarse es fundamental conservar la calma y pensar de la manera más lógica posible. Es necesario administrar el miedo, evaluar la situación y evitar la tentación de exacerbar la realidad. Desde luego no es tarea fácil, pero en esto puede radicar la diferencia entre la vida y la muerte. 

«La imaginación es la mitad de la enfermedad;

La tranquilidad es la mitad del remedio;

y la paciencia es el comienzo de la cura»

Ibn Sina (980-1037), médico y filósofo persa

Los factores políticos, van orientados a la gobernabilidad, a establecer la ley y el orden. Lamentablemente no nos educan para conducirnos en situaciones extremas y por eso ante cualquier catástrofe se impone el caos. El confort sostenido nos lleva a la desidia de creer que todo está bien y que no existen los riesgos de que la comodidad se rompa. La verdad es que el orden y la vida son frágiles, más aún la anarquía siempre está al acecho y nunca reposa. Nos conformamos con dar mantenimiento a los sistemas para asegurar su operatividad y alargar su longevidad, pero no poseemos una cultura de la resiliencia. Ni mucho menos nos planteamos como nos arreglaríamos para vivir bajo extrema austeridad; esas aventuras “las vivimos” desde la comodidad de un buen sofá al ver películas o series de la televisión. A pesar de que se han escrito muchas páginas y se ha llevado al cine múltiples situaciones desastrosas, seguimos por inercia confiados de que nunca pasa ni pasará nada. En el caso que nos ocupa, el tema de la pandemia, el componente político es uno de los de mayor peso en la ecuación de la solución a cualquier crisis. El mundo es un conjunto de aldeas, globalizadas para el consumo desaforado; pero antagónico y primitivo en múltiples factores culturales. En algunos temas la humanidad se ha quedado estancada; seguimos siendo muy básicos en la gestión de nuestro ser y de nuestras emociones. Frente grandes dificultades, es necesario contar con un liderazgo fuerte para dar sentido, dirección y orden a las tareas restauradoras. Ocurridas situaciones de alto nivel de criticidad las acciones deben ser expeditas. Bien sabemos que las organizaciones mundiales son cascarones impotentes y centros de irreconciliables disputas; que lejos de contar con acuerdos básicos, y de elemental sentido común, en ellas reinan los mezquinos intereses de las naciones, ideologías y de los mediocres capataces que gobiernan al planeta. Eso es lo que tenemos. El poder político, contrario a lo que debería ser, actúa como uno de los factores de mayor escollo en la gestión de una emergencia mundial. El lugar reservado para la  gobernabilidad lo ocupa la anarquía y con ella se impone el desencuentro desintegrador.

El factor económico, en tiempos de calamidades, debe ser flexible y salir de sus acciones rutinarias; ante la contingencia lo primordial es la subsistencia y para ello se debe dar privilegio al funcionamiento básico de los sistemas de salud, alimentación, resguardo de personas, asegurar servicios básicos y proteger los bienes y productos fundamentales para la vida. Se debe suspender todo elemento superfluo. Es un asunto de máxima complejidad y debe estar en total armonía con la gobernabilidad. Muchas personas mantienen su sustento a través de sus actividades económicas. ¿Cómo lograr, mientras dure la emergencia, que un trabajador independiente asegure sus insumos? La respuesta no es simple y debía estar preconcebida, nos encontramos nuevamente ante la improvisación. Como sociedad no estamos preparados para eventos fortuitos. Es necesario simular procesos y procedimientos para reaccionar frente a eventuales coyunturas. En la realidad, o en río revuelto, siempre hay quienes están calculando a favor de sus cuentas particulares.

Cada calamidad deja profundas consecuencias sociales, espirituales y culturales. Hay quienes aprenden y crecen, mientras otros continúan imperturbables.

En tiempos de dificultades sale a relucir lo sublime y lo mezquino de cada quien. Es que, la condición humana se somete a prueba en las situaciones de aprietos. La caridad, la solidaridad, la buena voluntad descubren a los espíritus elevados. La soberbia, la mezquindad, el egocentrismo y la estupidez delatan a los inicuos indolentes. Sin embargo la verdad se impone de facto. La única manera de responder de manera adecuada ante estos acontecimientos, es con sentido racional.

Después de una catástrofe surgen consecuencias que se convierten en hitos y cambian la sociedad. A través de la contundencia de la realidad entendemos, a la fuerza, que somos parte de un ecosistema; y que la soberbia, el poder, el dinero en ocasiones no sirve para nada.

«Hace años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura.

El estudiante esperaba que Mead hablara de anzuelos, ollas de barro o piedras de moler. Pero no. Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que se había roto y luego sanado. Mead explicó que en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a tomar algo o buscar comida. Eres carne de bestias que merodean. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane.

Un fémur roto que se ha curado es evidencia de que alguien se ha tomado el tiempo para quedarse con el que se cayó, ha vendado la herida, le ha llevado a un lugar seguro y le ha ayudado a recuperarse. Mead dijo que ayudar a alguien más en las dificultades es el punto donde comienza la civilización«

¿Será que aprenderemos alguna lección, al terminar esta pandemia? o ¿la olvidaremos después de un tiempo para seguir con nuestras necias andanzas?

Cosme G. Rojas D.

@cosmerojas3

21 de marzo de 2020

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