Dar y recibir

dar y recibir 2

Espera, le dije a un niño de mi edad que tocó mi puerta pidiendo algún juguete. Conversamos con alegría, le di un pan relleno con queso y un jugo de frutas. Él permaneció en la entrada del apartamento, mientras yo me emocioné y decidí regalarle mi juguete favorito. Era un león de plástico que para mí representaba la fuerza. En mis manos, aquella fiera, tomaba vida y todo a su alrededor se llenaba de aventuras, colores, aromas y adrenalina. No dudé ni un instante en desprenderme de esa pieza a la que daba tanto valor y con la cual me transportaba en heroicos episodios imaginarios. Él la tomó con marcado desgano, su rostro develó gran decepción; luego dijo:

-Esta vaina no sirve para nada.

La arrojó desde el pasillo de ese octavo piso, al cerro que estaba al frente. Sentí una fuerte punzada en mi estómago, contuve la indignación y no lloré. Mantuve la compostura por puro coraje. Durante el instante, que mi juguete volaba por el aire, mi cuerpo y mis sentimientos acompasaron la trayectoria de ese emblemático objeto, hacia la nada, al olvido. Quise correr a buscarlo, pero resolví dejarlo ir, ya me había despedido de esa feroz bestia, con mucho dolor acepté lo sucedido.

Eso me marcó y decidí a no volver a ser tan generoso con nadie.

Habían pasado tres meses, desde que mi hermano en un arranque de soberbia prometió no volver a hablarme más. La situación se me hacía cada vez más incómoda. Yo sentía una gran admiración por él y ese castigo me resultaba muy duro. No recordaba ni siquiera la razón de nuestra riña y creo que él tampoco la recordaba.

Ese día, escuché que me habló y no volteé, pues pensé que no era conmigo. Pronunció mi nombre y eso me causó cierta conmoción, me sorprendió, experimenté emociones encontradas que sacudieron mi cuerpo. Entonces se me acercó y me mostró una  nueva edición de un billete y me preguntó, cómo si el tiempo se hubiese detenido y lo retomara tres meses atrás:

-¿Qué te parece, el nuevo billete?

-Con voz entrecortada y aún extrañado le respondí. -¡Guao! Este billete vale lo mismo que “un fuerte”. Es muy bonito y muy valioso, con este se podría comprar meriendas para una semana.

Me miró con ternura y me dijo:

-Es tuyo, te lo regalo.

-¿Todo para mí?

-Claro que sí.

-Gracias hermano.

Me di cuenta que detrás de mi hermano, estaba mamá observando callada y comprendí que ella había estimulado ese encuentro. Ese gesto lo agradecí, en el instante cuando me topé con su mirada complacida. Él que era seis años mayor y con unos treinta centímetros más de estatura, me abrazó contra su pecho.

Ese billete tenía un valor importante, pero el verdadero regalo para mí fue ese estrujón. Más nunca nos volvimos a enojar de esa manera.

Enseguida recordé la experiencia de aquel león que unas semanas antes había regalado, a un extraño, y me reconcilié con la generosidad.

Mi hermano, con sus ojos vidriosos, me dijo:

-Perdóname, la soberbia me ha consumido. Con dolor he aprendido que la humildad es la actitud más conveniente y reconfortante ante la vida.

Hizo una breve pausa y siguió comentando:

-Quien es humilde no se sobrevalora, porque al hacerlo cierra las puertas a las inmensas posibilidades del Creador; pero tampoco se subvalora, porque sabe apreciar la grandeza en la sencillez. Sin humildad no hay perdón verdadero y sin este la vida es insoportable.

Cerró sus palabras diciendo:

-Estoy feliz y siento que me liberé de una gran carga, al poder disfrutar de tu cariño. Viene a mi memoria un pasaje bíblico que dice:

 «Hay mayor alegría en dar que en recibir» (Hechos 20,35)

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Tomado del libro Relatos cortos del camino (del mismo autor)

Twitter @cosmerojas3

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