Archivo por meses: septiembre 2017

El Poder del lenguaje

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El lenguaje tiene como atributo principal un poder de dimensiones incalculables, en muchas ocasiones no alcanzamos a entender lo contundente o demoledor que puede resultar una frase. En el proceso comunicativo hay tres elementos fundamentales: El Emisor, el Medio y el Receptor.
De manera que, para dominar el arte de comunicar se deben caracterizar cada uno de estos componentes y su entorno, si se quiere obtener óptimos resultados. No basta con poseer la mejor intención por querer transmitir un mensaje, la motivación fundamental debe ser un propósito de utilidad. En todo esfuerzo divulgativo es preciso cuidar: el cómo, el cuándo y omitir lo que es preferible no decir. En términos populares hay un pensamiento que dice “Se es dueño de lo que se calla y esclavo de lo que se dice”. El Libro de Proverbios en sus Capitulo 17, Versículo 28 de las sagradas escrituras, es mucho más elocuente al señalar “Hasta el necio si calla, se le tiene por sabio, por inteligente, si cierra los labios”. Una comunicación constructiva tiene raíces en el pensamiento correcto, profundo y honesto, J. Krishnamurti lo expresaba con estas palabras “Sólo el Recto Pensar Conduce a la Paz”. Socialmente se suele calificar a una persona como orador, por poseer dotes para mover la lengua con ligereza y lograr seducir a los: ociosos, incautos y flojos de espíritu. La historia del mundo está llena de seres sedientos de dirección, son las presas marcadas y perfectas de los lenguaraces, aquellos que sólo se mueven cuando un líder los empuja.
En mi opinión, los charlatanes por vocación y manipuladores de oficio, son los promotores de los múltiples tipos de fanatismos irracionales. Los efectos de una lengua suelta sin control o en poder de motivos inicuos, son de una influencia destructora tan grande, como las armas físicas. En algunos casos las incontinencias verbales, son causadas por fallas de conexión entre la lengua y el órgano pensante, en otras porque la lengua esta acoplada a un cerebro perverso, y en algunos casos conocidos la lengua y el cerebro habitan en individuos distintos, este último se pone en evidencia por las fallas: frecuentes, graves, e inexcusable en el mensaje. No es necesario imaginar, lo que ocurre, si el cerebro está a 3 horas de vuelo de la lengua o si el órgano pensante es el de un pajarito parlante.

La muerte

Tomado del libro «Relatos cortos del camino» del mismo autor

Craneo humano sin contorno

Una de la mañana justo a esta ahora, en el hospital,  finaliza la vida de mi padre. Terminaban diez días de intensa agonía. Él esa noche alcanzó la paz,  la cual siempre le fue tan esquiva en su agitada y complicada vida.

Dos semanas antes, tomé mi maletín con la ropa para la semana y me dirigía a mi residencia estudiantil. Me despedí de mi madre y ella me dijo:

-Tu padre está muy mal, debes ir a verle. Él, de alguna manera, reclama de tu presencia.

Las palabras de mi madre, siempre estaban cargadas de profundidad y tenaz persuasión. Era imposible pasar por desapercibido sus agudas y punzantes sentencias. Unas horas antes mis hermanos mayores lo habían trasladado al hospital, pero yo no me percataba de lo delicado de la situación. Dejé el maletín a un lado y me trasladé al hospital. Le diagnosticaron altos niveles de azúcar en la sangre. Estaba furioso porque había sido internado contra su voluntad y cuando él entraba en cólera nadie lo podía calmar. Dos días después cayó en un coma diabético del cual no se recuperó.

Desde su llegada al hospital había estado en total resistencia a su situación. Los días en que estuvo semiconsciente fueron de dura lucha para mantenerlo en cama. Se arrancaba las vías y con los ojos brotados de rabia pedía irse a casa.

En los días en que estaba en coma, no podía hablar pero se movía de manera incontrolable de un lado a otro. Su lucha por librarse de esa situación, era extenuante para quien lo viera. Debía ser sedado con la mayor frecuencia posible, para tratar de contener su desesperación y la de sus acompañantes. Era de gran ayuda contar con una familia numerosa, eso nos permitía tomar turnos para vigilar a papá y apoyar a las enfermeras.

La penúltima noche, de su vida, me quedé a su cuidado desde las 9:00 p.m. hasta las 6:00 a.m. cuando fui renovado en la guardia. Regresé a las 6:00 p.m. para dar una visita fugaz, pero tuve que quedarme de nuevo esa noche acompañando a mi hermana mayor. Su esposo no podía estar con ella, por una emergencia de su trabajo.

Aquella noche la recuerdo con sus detalles. Mis familiares se despidieron al finalizar el horario de visitas y nos quedamos mi hermana y yo. Pensé que sería otra larga e interminable velada; el plan era tomar turnos para descansar en un pequeño mueble.

A las diez de la noche mi padre movía su cabeza de un lado a otro. Se abrían aquellos ojos perdidos y desenfocados sin mirar a ninguna parte, se empapaba de sudor, su piel estaba fría y los dedos de sus amarillentas manos se movían de manera incesante. Las vías intravenosas estaban muy bien fijadas, con cinta adhesiva; sin embargo debíamos vigilar para evitar que en sus erráticos movimientos las perdiera, además que el fluido mantuviera el ritmo recetado y fuese renovado de manera oportuna. Tenía una sonda respiratoria y el ruido de cada aliento era perturbador. Una sonda urinaria terminaba en una bolsa  que era necesario vaciar con cierta regularidad.

Desde las once de la noche la agitación se hizo más incontrolable. La enfermera de turno lucía cansada por las atenciones demandadas por este exigente paciente, nos pidió que estuviésemos atentos. Papá estaba inmerso en una batalla contra la muerte, se resistía a dejarse vencer por esta inexorable realidad. Su cuerpo se contorsionaba y su cabeza se agitaba de un lado a otro. Mi hermana y yo entramos en la lucha con él intentando tranquilizarle, pero resultaba una tarea inútil.

Fui a hablar con el médico residente y me explicó que su estado era muy delicado y que sólo podíamos ayudar vigilando sus vías, sondas y tratando de controlarlo.

De vuelta a la habitación le comenté a mi hermana:

-No creo que papá resista toda la noche. A nuestro alcance sólo está rogarle a Dios, para que nos ayude a apoyarlo en este trance.

Ella peló los ojos, turbada por el asombro, permaneció en silencio por unos minutos y luego comentó:

-Es duro lo que dices, sin embargo tienes razón y eso haremos.

Nos tomamos de las manos e hicimos una breve y espontánea oración. Luego nos ubicamos, cada uno, a un lado de la cama y comenzamos a hablar con papá, convencidos de que podía escuchar.

-Hola, papá. Aquí estamos contigo. Sabemos que puedes oírnos. Toda tu familia está representada, en este momento, por la mayor y el menor de tus hijos. Es una bendición lo que el Creador ha dispuesto para ti.

Dejó de mover su cabeza, abrió los ojos y, sólo  por ese instante, no lucían perdidos y estaban húmedos.

Poco a poco, mientras le hablábamos parecía que el sueño comenzaba a tomar el control de su agotado cuerpo, con parsimonia se fue apaciguando. Tomamos la Biblia y le leímos el Salmo 23:

”El Señor es mi pastor; nada me faltará.
En lugares de delicados pastos me hará descansar;
junto a aguas de reposo me pastoreará.
Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia
por amor de su nombre.
Aunque ande en valle de sombra de muerte,
no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
tú vara y tu cayado me infundirán aliento”.

Continuamos murmurando en su oído:

-De aquí no nos moverá nada, ni nadie. Nada te ha sido fácil y aún así has logrado levantar una gran familia. En nosotros vivirán tus enseñanzas y muchas de tus circunstancias. Somos herederos de tu carácter y, por qué no decirlo, también de tu terquedad. De tus virtudes y defectos.

Mientras le hablábamos sentíamos su intención de comunicar agradecimiento, a través de sus casi imperceptibles movimientos de manos. El ritmo de su respiración se hacía cada vez más reposado. Desaparecieron los movimientos bruscos de su tronco, de su cabeza y las facciones de su rostro mostraban un inusual reposo.

Noté que había expulsado la sonda urinaria y enseguida le comuniqué al médico residente; indicó que no era conveniente perturbarlo. Aunque no lo dijo, entendimos que estaba entrando en la última fase de su vida.

Permanecimos de pie, cada uno a un lado de la cama, mientras le susurrábamos al oído palabras de cariño y aliento. Nos esmeramos en transmitir la mayor paz que nos era posible. Veíamos cómo se apagaba su vida, mientras percibíamos como poco a poco iba aceptando ese transitar. Parecía como si el miedo a la muerte se fuese extinguiendo, como si comenzará a tranzar con ella. Cada aliento que salía de su extenuado cuerpo se iba distanciando del siguiente, al tiempo que se reducía la cantidad de aire en circulación. La expresión de su cara alcanzó a reflejar total entrega. Su último suspiro fue casi imperceptible y nos dejó a la espera de otro que nunca llegó.

Luego de unos minutos en total silencio, nos vimos a las caras y nos dijimos, se ha ido. Lo besamos en la frente, le dijimos adiós papá y llamamos al médico residente. Una vez lo examinó nos confirmó su muerte.

Dios nos dio la oportunidad de despedir a quien nos trajo a la vida. El Supremo Creador escuchó nuestras plegarias y fuimos sus instrumentos, para acompañarlo en paz en su partida.

«Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio». Eclesiastés 12:7.

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El Miedo

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Son las cuatro de la tarde y se escucha un llamado en la puerta, Ana camina a la entrada del apartamento mientras dice:

-Un momento ya voy.

-Hola, qué buena sorpresa. Pasa adelante. Estabas perdido. Cuéntame ¿qué ha sido de tu vida en estas tres semanas? ¿Dónde has estado? Ay perdón, termina de entrar y luego hablas.

Ya estaba adentro de la casa me senté y ella me veía mientras mantenía sus manos cruzadas, con postura atenta, agradada de mi presencia y ávida de respuestas. La miré con atención, aprecié su cálido y cordial recibimiento. Su suave abrir de manos, con una ligera inclinación de su cabeza, su amable sonrisa y ese brillo en sus ojos; me hicieron sentir bienvenido. Con ese marco hasta el más parco se anima a compartir sus opiniones y sensaciones. Entonces le dije:

-Bueno, a ver, ¿por dónde empiezo? Es enredado lo que te quiero contar.

Ella sonrió y dijo:

-Muy fácil, por el principio.

-Me animé y comencé a contarle… -¿Te acuerdas de aquella última noche que vine?…

-Claro, como olvidarla. Tu conversación estuvo espléndida. Todos aquí en casa estuvimos fascinados con tus relatos.

Después de un suspiro exclamé:

-Te he extrañado, Ana.

La miré y luego proseguí con mi relato:

-Creo que, esa noche, hablé más de la cuenta, de hecho me excedí en la hora.

-Para nada, nos encantó esa velada y no he escuchado ningún comentario contrario.

-¿En verdad? A mí me parece que no le agrado a todos.

Ella me miró, frunció el entrecejo y no dijo nada, para no interrumpir mi franqueza.

-Aquella ocasión cuando me despedí, tu abuelita me acompañó hasta la puerta, la cerró y me retuvo unos minutos.

-¿En serio? La abuela es muy manipuladora ¿Qué te dijo? Ups…

-Ella me contó algo muy aterrador, comenzó así: Mire “mijo” usted se ve que es un muchacho agradable, de buena familia y de educados modales. Eso se nota y hay que reconocerlo; pero yo le voy a dar un consejo de anciana, con la mejor intención por supuesto y espero lo sepa comprender. Le ruego no me lo tome a mal.

Yo le dije:

-Seguro, la escucho con atención.

Aunque en realidad me encendió las alarmas de que nada bueno me iba a decir.

Prosiguió la abuela.

-Acérquese y asómese aquí conmigo.

Me dejé guiar hasta el borde de las escaleras y ella retomó su narrativa:

-Como me lo imaginaba, están en total oscuridad.  Hay una historia que es necesario conocer, para no ser la próxima víctima. Me contó una señora, a quien le doy total credibilidad, que hacen cuatro años un joven bajaba por esas escaleras y sintió unos pasos como de un batallón que le perseguían. Se espantó y corrió con tal desespero que se tropezó con otro joven, su susto se incrementó y se dio cuenta que aquel muchacho también huía de la misma situación. Fíjese bien, aquí estamos en el piso ocho y cada uno de ellos es una estación llena de sorpresas, usted no sabe con qué se va a encontrar.

Tomó un suspiro para agregar suspenso al drama, antes de continuar:

-El primer joven, en su carrera, logró adelantar al segundo; mientras sentía el resollar, en su nuca, de los atacantes. Se volteó y lo invadió un espeluznante terror al ver a esos perversos seres arrancar la cabeza, con una inmensa hoz, a aquel infortunado chico. La sangre le salpicó en el rostro. Ya sólo le faltaba un piso para llegar a la iluminada planta baja y con todas sus fuerzas corrió y se logró salvar.

Inclinó la cabeza, se llevó la mano derecha a su frente y prosiguió:

-Ese infortunado joven; se lo contó, con todos los detalles, a mi amiga y luego se mudó de este terrible edificio. Más nunca se ha sabido de ese chico. Algunos dicen que se volvió loco.

Me miró de manera fija, como si validará el efecto que el cuento me había generado. Yo lucia, más que impresionado, asustado.

Entonces la abuela comentó:

-Esto se lo comparto, para que evite quedarse hasta el anochecer. Le ruego no me malinterprete, usted es más que bienvenido, pero es mi deber advertirle de este peligro. No me perdonaría si algo le ocurriera, así que ande con cautela. Bueno vaya, vaya a casa, no le quito más tiempo.

Con el rostro pálido, al recordar esa experiencia, le dije a Ana:

-Te voy a confesar que esas palabras tenían una tenebrosidad estremecedora, logró alertar todas mis sensaciones corporales. Durante su relato el escalofrío y el horror se apoderaron de mi organismo. De hecho no me atreví a preguntar nada, para evitar me diera mayores detalles. Fue una verdadera pesadilla lo que viví en ese interminable trayecto, hasta llegar a la planta baja.

Entonces Ana me interrumpió, con una sarcástica sonrisa, para expresar:

-¡Gua! No me vas a decir que, ¿te creíste esos tontos cuentos de la cripta? ¿Una persona tan inteligente como tú,  se ha dejado manipular por mi astuta abuela?

-Bueno, pensé que eran mentiras y para tratar de darme ánimo me dije: Esta historia, mal intencionada, tiene el propósito de alejarme de esta casa. Y no lo va lograr. Pero apenas había bajado un piso, cuando cada detalle escuchado encendía mis percepciones. Mis piernas comenzaron a temblar, mi corazón latía muy fuerte y mi respiración estaba acelerada. Estando en el piso cinco escuché un ruido y lo asocié con aquel terrible batallón de seres inicuos, que venían por mi cabeza. Corrí con desespero y  tropecé con alguien en el piso dos. Pensé: ¡Ay mamá!, todo este relato parece cierto y es tan coherente. Casi se me detuvo el corazón. Escuché el resollar de esos monstruos en mis oídos, giré y sólo vi a ese joven asustado y sorprendido por mi irregular reacción. Me apuré para llegar a la planta baja, en busca de la salvación, allí me quedé paralizado y me oriné encima de mis pantalones. Esa es la razón por la cual no había vuelto.

Ella permaneció callada, con cara de incrédula, por un instante y luego dijo:

-¡Caramba!, mi abuela tiene una gran imaginación, y la tuya no se queda atrás. Debes darle uso y provecho a esa cualidad. Si quieres podrías hasta escribir un cuento.

Ese día, no logré entender ese impávido comentario. Con el tiempo comprendí que la sensación de miedo no es tan terrible, como luce a primera vista. Bien sean reales o imaginarios nuestros temores, la mejor vía para vencerlos es a través de su desafío; porque:

“El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son”. Tito Livio

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Tomado del libro Relatos cortos del camino (del mismo autor)

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