La barbarie en el siglo XXI

En la Venezuela de 2017, el socialismo del siglo XXI se ha convertido en la máquina demoledora de todo cuanto consigue a su paso. No deja hueso sano. Estos improvisados gobernantes profesan que para implantar su nuevo modelo deben volver polvo cósmico al actual. En honor a la verdad, eso de destruir es lo único que saben hacer bien. Esa perversa visión, es extremista y subversiva. En línea con esa alocada teoría, el foco del régimen venezolano, ha sido bombardear las bases que sustentan a la nación y a todas sus instituciones. Cual manadas de depredadores en los cuales en lugar de la sindéresis, los méritos y el orden; impera el frenesí, la mediocridad y el caos. La realidad vivida en estos dieciocho años abunda en detalles, de cómo se han impuesto estos antivalores (fanatismo, mediocridad y caos). Y es que destruir es muy sencillo, basta con poner a un incompetente en el mando, para probar que no hay nada más peligroso que un ignorante con iniciativa.

Pasamos de ser el país más rico y próspero de latinoamérica, a ocupar el último lugar, en muchos renglones. En vez de progreso hemos retrocedido, sustituyendo nuestros  malos hábitos, por otros peores. La guagua va en reverso y es que el conductor aunque tiene licencia de quinta, esta lo faculta sólo para conducir autobuses. Las virtudes que nos distinguían como pueblo, se han disminuido, por tanto desatino. Del “ta barato dame dos” y del “¿cuánto hay pa eso?”, pasamos a las inmensas colas para todo, al “No hay” y al “Hoy no me toca comprar”. De la alegría, el optimismo y la solidaridad hemos pasado a la melancolía, a la resignación y al egoísmo. En palabras que entienden muy bien los trasnochados del régimen y sus fanáticos, se debe decir que: la devastación de Venezuela es totalmente endógena. Ruinas autóctonas: hecha en socialismo, para ser mas claro. Todas esas maniobras burdas de echarle la culpa a otros, son las rebuscadas estrategias para mantener leales a las mentes más débiles. El fanático es irracional y con ellos es imposible e inútil dialogar. Sólo quien es valiente afronta sus errores, asume sus responsabilidades y desde allí se fortalece para corregir el rumbo.

PDVSA fue nuestra principal empresa, generadora de ingresos y de gerencia, otrora icono y orgullo nacional: ahora quedó totalmente destruida. Las empresas básicas de Guayana, representaban en gran medida “la siembra del petróleo, por años estuvieron generando y multiplicando el desarrollo nacional. Se invirtió, en colosales infraestructuras, para producir hierro, aluminio y otros minerales. Se destinaron enormes esfuerzos y cuantiosos recursos en el estado Bolívar, hoy esas plantas están improductivas y con inmensa cantidad de empleados ociosos. Es triste pero es la realidad. La generación eléctrica de las fabulosas represas del sur del país, aunadas al excelente sistema interconectado nacional,  permitían exportar energía a Colombia y a Brasil. La falta de inversión, mediocridad en la gestión y la insaciable corrupción; desencadenaron la parálisis de la generación y los desastres en la distribución de la energía eléctrica. El aparato productivo nacional fue arrasado y aniquilado por las expropiaciones (robos gubernamentales). Ahora somos más dependientes que nunca de la economía de puertos. Los nuevos amos del valle, son los corruptos que se auto asignan los dolares preferenciales. Hasta aquella expresión de la abundancia criolla, “Hay como Arroz”, perdió sentido.

Pasamos de ser un paraíso para muchos inmigrantes de todos los continentes, a una población que huye despavorida a cualquier destino.  Las consecuencias de la debacle gritan, con elocuencia, la inmensa caída del poder adquisitivo y de la calidad de vida de los venezolanos. Mucho de nuestros jóvenes universitarios, sólo piensan a cual país se mudarán cuando se gradúen. La clase media prácticamente ha desaparecido y la clases más pobres sobreviven comiendo de las bolsas de la basura, compitiendo con los perros callejeros. Esta es la verdad. Esta es la realidad. Lo que cacarean los privilegiados que están en el gobierno es cinismo e indolencia.

Para tratar de entender, esta inexcusable situación, apelo a la historia. Aristóteles y Alejandro Magno dos grandes personajes, cada uno con diferentes roles, nos ilustran (de manera filosófica y pragmática) las tres clásicas vías para gobernar (monarquía, aristocracia y democracia). La monarquía la mas simple en la cual una sola persona rige en la figura del rey, la segunda donde la élite de los mejores se atribuye el poder y la última la democracia, la cual sobrevive por ser la más civilizada. Desde las eras mas primitivas el ser humano ha acudido a los métodos mas salvajes para imponer el poder, quizás por ser lo más básico. Por el año 343 AC, Aristóteles enseñaba Alejandro a pensar como un griego, sin embargo casi al mismo tiempo que recibía instrucciones, Alejandro luchaba como un bárbaro. En esa época, el pensamiento griego representaba la forma más avanzada de las artes y el civismo; mientras el mundo macedonio, de Alejandro, representaba la crueldad como método de conquista y dominación. Dicho de otra manera la civilización se debatía entre lo cruel y lo correcto (nada nuevo, por cierto).

Es insólito que a más de dos mil trescientos cincuenta años de distancia, los retrógrados socialistas del siglo XXI, nos han llevado por el rumbo de la brutalidad. Una especie de deja vu histórico, está ocurriendo. Hemos viajado en el tiempo, para llegar a las más primitivas formas de vida social. Quienes aquí detectan el poder creen que tienen el derecho, otorgado no se por quien, de aplastar a los pueblos; se amparan en el propósito de construir un hombre nuevo. No han entendido algo elemental y útil: el hombre fue creado por Dios. Y punto. Cada ser humano es un universo en sí mismo y no admite comparación ni menos igualación. Es una inmensa estupidez querer uniformar a la gente, pretender re crear al hombre es un insulto a la suprema genialidad del Todo Poderoso. Con ese insensato afán, también se agrede a la majestad de cada persona. De retazos mal ensamblados, sólo puede salir un Frankenstein. Sabemos que de esos monstruos ya la humanidad ha tenido suficiente.

Hasta el cansancio habrá que repetir que la democracia es el menos malo de los sistemas de gobierno humano, porque es perfectible. Abajo la barbarie y viva la libertad.

Cosme G Rojas D

09/04/2017

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