Noche terrible

Llovía con mucha fuerza en esa inmensa y densa montaña. Yo sin percatarme me había alejado del grupo, comencé a gritar y nadie me oía. La noche estaba muy próxima a llegar, la tarde ya de por si era sombría. El temor me invadió, la intemperie se mostraba amenazante y los animales nocturnos representaban un inminente peligro. En mi morral contaba con cuatro galletas, una cuerda, una linterna sin pilas, un cuchillo y una cantimplora vacía. Mi pesimismo comenzaba a cumplirse. Ya había llegado la penumbra y debía permanecer atento, la baja temperatura era insoportable y la humedad complicaba mi situación. El cielo estaba muy negro, sin luna, ni estrellas e inmensas nubes grises en el firmamento.  Los sonidos eran tenebrosos. Escuchaba escalofriantes cantos de búhos, crujían las ramas y los agudos aullidos de los zorros me ponían la piel de gallina. Mis angustias crecían y mi corazón latía con fuerza. Escandalosos truenos y resplandecientes relámpagos, amenazaban con impactar en la copa de algún inmenso árbol. El cansancio, el pánico, el hambre y el frío me tenían al borde de la desesperación. Frotaba mis manos y las soplaba buscando calentarlas con mi aliento. Mis pies estaban helados. Me volteaba azorado, con el cuchillo en mi mano diestra, listo para atacar; augurando la presencia de alguna culebra o de alguna hambrienta fiera. El valor no era una elección, era la única alternativa que tenía para reponerme a aquella pesadilla. Fue una larga noche, anduve alerta, sin rumbo y sin descanso hasta el amanecer.

Al fin, el cielo comenzó a iluminarse, las inmensas plantas no me permitían ver el horizonte. Nunca antes había deseado con tantas ganas la llegada del día. Sobreviví a las amenazas de aquellas tinieblas y la mañana siguiente me pareció la más hermosa de mi vida, más aún al poder encontrar el sendero que me llevaría de regreso a la gran ciudad. Olvidé mi cansancio, recargué mis energías, tomé el camino correcto y en dos horas me encontré con pequeños grupos de excursionistas. Sonreía al ver cada rostro y me hacía consciente de cada soplo de aire, que aspiraban o exhalaban mis reconfortados pulmones.

Después de esa inolvidable experiencia, me sentí muy agradecido por la vida y por no haber quedado atrapado en esa montaña; hermosa a la luz del día, pero tenebrosa en las penumbras. Había pasado noches en carpas con amigos y nunca percibí el terror de aquella ocasión. Desde entonces, mis percepciones y valoraciones sobre las aventuras, se han tornado más amplias.

Ese lugar que tanto me asustó y casi logró anularme cambió por completo, cuando la luz iluminó mis senderos y los rayos del sol calentaron mi cuerpo. Por lo vivido recordé este pensamiento:

“Si te encuentras solo cuando estás solo, estás en mala compañía”. Jean Paul Sartre

Cosme G Rojas D

4 de marzo de 2017

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Tomado del libro Relatos cortos del camino (del mismo autor)

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