Archivo por meses: febrero 2017

Amor y dolor

Me había quedado dormido sin comer, luego de unas horas de reparador sueño, mamá me despertó de una manera tan dulce que nunca podré olvidar aquel momento. Eran las 3:00 de la tarde cuando un ligero sobresalto me advertía que estaba saliendo de la cama, al abrir los ojos vi a mi madre, quien con insuperable ternura me dio un pequeño trozo de pan andino. Aquel bocado, me supo a gloria. Las miradas entre nosotros conectaron nuestras almas, en un plácido y mudo entendimiento.

Muchos años después, siendo yo un adulto, mi madre murió. Mi hermano me lo comunicó, en una noche de luna llena. Al conocer la terrible noticia me dirigí a la clínica donde estuvo hospitalizada, al llegar al lugar caminé hasta la habitación donde yacía su cuerpo inerte. Me acerqué hasta poder apreciar aquel pálido rostro. Me senté en su lecho, no tuve el valor de besar su frente, ahora me resultaba ajeno y me resistí a aceptar tan duro escenario. No logré mantener la mirada, sobre aquella fúnebre cama, no sé si por cobardía o por instinto de conservación. Una fría e indescriptible sacudida se apoderó de mi cuerpo, de mi conmocionada mente y de mi nublado espíritu. Una desconexión casi total de cuanto me rodeaba me ocurrió de repente. Salí como empujado por un resorte, de aquel recinto. Cual autómata, anduve unos pasos sin tener noción de hacia dónde iba, ni del entorno, ni del momento; algún familiar me atrapó y me estrechó entre sus brazos, fue en ese instante cuando estallé en desgarrador llanto y mi dolor fluyó con una fuerza incontrolable.

Ya había transcurrido una semana del fallecimiento de mamá y aún seguía consternado. Disminuido, como andaba, me encontré con ese espejo. Ese cuadro enmarcado en madera parecía un antipático retrato dinámico. Plagiaba a la perfección, en total sincronía, mi semblante y mis movimientos. Me resultó indolente e inclemente, mostraba una imagen que no era de mi agrado. Ese no era yo. Lo reté y le fijé mi mirada. Al contemplar aquellas representaciones pictóricas, pasé del rechazo a la compasión y luego a la interpretación de sus mensajes. Detallé la postura corporal que reflejaba aquel artefacto y comencé a hacer suaves movimientos. Al principio estuve muy tenso, me vino una desanimada sonrisa y en seguida se despertó mi niño reprimido y entristecido. Mis lágrimas brotaron  frente aquel testigo cómplice. Perdí la noción del período transcurrido, mientras estuve con ese imperturbable delator, cual actor fingí estados de ánimo e hice muecas. Había aceptado a aquel vidrio reflector tal y como era, asimilaba el contenido que me presentaba con absoluta franqueza. Sin percatarme me estaba dando cuenta de aquella singular situación, por la que atravesaba. Reconocí una vez más mi inmenso amor hacia mí adorada madre y me resentí en un profundo y agudo sufrimiento, por su inaceptable partida. Sabía que debía darme el tiempo necesario para levantarme, tal y como  ella lo hubiera deseado.

 “El amor nunca pasará”. 1 Corintios 13:8

Cosme G. Rojas D.

21 de enero de 2017

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Tomado del libro Relatos cortos del camino (del mismo autor)

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La vida 

Eran las 6:00 p.m. esperábamos a papá, quien llegaba a esa hora con el pan caliente para la cena. Noté que traía algo adicional y le pregunté:

-¿Qué traes en las manos?

-Es un pequeño periquito, cara sucia, que se golpeó con una ventana y está sin señales de vida.

-Entonces si ya está muerto, ¿para que lo traes a casa? ¿Lo vamos a enterrar, aquí?

-Creo que puedo revivirlo.

-¿Cómo papá?,  eso es imposible, la vida viene de Dios.

-Hijo, creo que no está muerto y quizás tenga una oportunidad de salir de este trance.

Papá tomó el pequeño pájaro y lo colocó, con mucho cuidado en el suelo. Buscó, en la cocina una lata y le hizo unos huecos con un clavo. Enseguida cubrió al inerte animalito, con la lata y comenzó a dar ligeros golpes en ese envase. Dijo que las vibraciones podrían re animarle.

Yo miraba con incredulidad y papá levantaba la lata y el animal seguía inmóvil. Luego de varios intentos observé un casi imperceptible movimiento y grité emocionado. ¡Está vivo!  Papá lo cubrió con sus inmensas manos y comenzó a soplar con delicadeza, sobre su plumaje y este sacudió sus verdes alas, abrió sus brillantes ojos y se escuchó su agradecido cantar. El pequeño Cara Sucia se convirtió en mi primera mascota y le llamé Pepe.

Era un día soleado en la hermosa playa de Isla Larga en Puerto Cabello, Venezuela. Junto a mi esposa y mis tres pequeños disfrutaba de la magia del colorido y calor caribeño.

Mi esposa y yo estábamos sentados a la sombra de unos arbustos costeros, instalados en unas cómodas sillas de lona, los niños jugaban en la orilla del mar haciendo castillos de arena. El brillante sol, la suave brisa y el salitre reconfortaban mi espíritu. Cerré los ojos y me disponía a soñar despierto, cuando de repente un golpe seco en una de las ramas capturó mi atención. Un pájaro había chocado con un tronco de una mata y cayó de repente en la arena, mi esposa me miró como si me pidiera que hiciera algo. Mi tranquilidad se interrumpió de inmediato. Vinieron a mis recuerdos las imágenes de cuando mi padre había rescatado a Pepe, de los umbrales de la muerte. Una pareja de ancianos, que reposaban muy próximos a nosotros, me observaron con curiosidad y escepticismo.

Sin pronunciar palabras levanté entre mis manos, con esmerado cuidado, a aquel infortunado animal. Estaba tieso. Mi esposa me observó, con aquella ojeada de incredulidad que yo había experimentado en mi infancia. Ella no dijo nada y sentí una agradable energía fluir dentro de mi cuerpo. Envolví al pajarito con mis manos y con sumo cuidado comencé a soplar con mi tibio aliento sobre su plumaje. Al cabo de unos minutos comenzó a moverse, abrí mis manos para que sintiera el aire fresco y de repente se levantó sobre sus dos patas, se sacudió y alzó vuelo. Delante aquel inesperado despegue la pareja de ancianos me miraron y me obsequiaron la mejor de sus sonrisas.

Unos años después ocurrió otro episodio similar. Brando era un Bóxer fuerte, juguetón y muy noble. Una tarde en casa, mi esposa y mis hijas observaron el preciso instante cuando de un brinco, este travieso canino, atrapó en el aire a un pajarito. El grito dejó al perro paralizado y soltó al pequeño animal en el suelo. Yo estaba llegando a mi morada, ellas me contaron lo ocurrido y me mostraron al desafortunado y colorido periquito, el cual yacía rígido en el suelo.  Una vez más repetí el proceso de soplar su plumaje, al principio no reaccionaba pero luego de unos minutos sentí un ligero temblor en su cuerpo, sus patitas también se movieron. Estaba en shock y poco a poco se pudo sostener sobre sus extremidades, pero seguía muy tembloroso. Abrí la ventana, le puse agua y un pequeño trozo de fruta, a ver si se animaba. Permaneció dos días en el mismo lugar, posado sobre un palo, casi sin comer. Hasta que al tercer día, generó un armonioso sonido, sacudió sus alas, volteó su cabeza, me miró y alzó su vuelo a la libertad.

Reforcé el valor de las inescrutables sorpresas que la vida nos regala, para reconocer al máximo creador y para nunca perder las esperanzas.“La simplicidad es la máxima sofisticación.” Leonardo da Vi

Cosme G. Rojas D.

11 de febrero de 2017

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Tomado del libro Relatos cortos del camino (del mismo autor)

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¿Qué es escribir?

Escribir es un arte el cual requiere talento, pasión, vocación y dedicación.

¿Por qué es un arte?

Escribir es crear un mensaje con un propósito; envuelto en una presentación clara, precisa y con delicada estética. El autor de la prosa debe observar, apreciar, interpretar, imitar y re interpretar; para luego narrar una situación que atrape al lector más exigente. El guionista debe motivar la inteligencia del receptor, despertar sus sentidos y emociones, para permitirle recrear la historia a partir de su propia experiencia. El reto es sumergir al lector en una fructífera aventura.

¿Por qué requiere talento?

Quien escribe persuade, al lector, con fuerza y espíritu. Lo engancha. Las palabras son su materia prima y en ellas radica su tesoro. Con la aguda sensibilidad de un artesano, selecciona cada pieza del lenguaje para dar fluidez y sentido a su crónica. El talento es innato y es la esencia de toda disciplina.

¿Por qué requiere pasión?

El escritor destacado disfruta de su oficio y se esfuerza en mejorar continuamente. La pasión en un escritor es un aliado y en ocasiones un enemigo. Sin una oportuna dosis de entusiasmo no hay técnica que valga, en el arte de comunicar.

¿Por qué requiere vocación?

El escritor no se sienta a esperar la llegada de la inspiración; a él lo mueve una inexorable necesidad por expresarse, aunque se encuentre frente a un torbellino de ideas confusas. Cuando la vocación es más fuerte que los miedos, éxitos y limitaciones, triunfa la expresión.

¿Por qué requiere dedicación?

Transmitir un concepto o una información, demanda de tiempo y abstracción. Para el buen escritor la constante evolución debe ser una regla y debe tener en cuenta que el éxito se puede convertir en una amenaza.  Si se quiere crear, no hay otro camino que la tenacidad. Todo autor debe convertir la escritura en un hábito.

Cosme G Rojas D

Febrero 2017

@cosmerojas3